La historia de este campesino de 62 años muestra cómo, con perseverancia y acompañamiento del Estado, se pueden recuperar los sueños que el conflicto armado les ha arrebatado a varias generaciones de colombianos.
Chipaque, 22 de noviembre de 2024 (@URestitucion). Jesús Torres nació el 9 de diciembre de 1962. A los 18 años, cuando trabajaba como recolector y vendedor de cebolla, compró su primer predio en el municipio de Chipaque. Amante de la tierra por tradición de sus abuelos y sus padres, es un hombre de contextura delgada: si lo observan por detrás y al lomo de su caballo, parece un joven. Sus movimientos son dinámicos y nunca se queda quieto.
Le ha gustado la ganadería desde siempre, y aun en los momentos más difíciles de su vida se dedicó a esta labor. Es soltero, nunca se ha casado y no tiene hijos. Su familia está conformada por 11 hermanos con sus respectivas parejas, sobrinos, nueras y yernos. Y sus padres, que ya no están en este plano terrenal, pero que los tiene presentes en cada una de sus palabras.
Chipaque es un municipio de Cundinamarca muy cerca de Bogotá, con una temperatura que oscila entre los 15 y los 18 grados, un extenso y verde paisaje y variadas fuentes hídricas. El agua es potable, nace en las montañas y llega directamente a los humildes predios de la región. Sus habitantes viven en gran medida de la agricultura, especialmente de la papa, y también de la ganadería.
En el 2005, Jesús tuvo que desplazarse hacia Casanare y abandonar todo lo que por años había cuidado y construido con tanto esfuerzo. En particular, abandonó a su familia para cuidar su vida. “Las circunstancias que generaron mi desplazamiento y el abandono forzado de mis predios inician en los años 90, cuando empezó a llegar la guerrilla. Por la zona hacía presencia un comandante al que llamaban ‘Romaña’ y otro al que le decían ‘Mono Jojoy’, los cuales se movilizaban con las Farc”, relató.
“Le invertí mucho trabajo a las tres fincas que tenía para ese entonces. Pero la guerrilla comenzó a presionarme, para que les colaborara realizando diferentes actividades al margen de la ley, como prestar la finca para esconder secuestrados, llevarles mercado y darles información sobre el Ejército. Ni yo ni mi padre quisimos aceptar tales ofrecimientos. Los insurgentes me rompieron las puertas y ventanas de mi casa y nos amenazaron, señalando que si nos negábamos, asesinarían a algún miembro de la familia. Por eso, me vi obligado a desplazarme hacia Casanare, donde me dediqué a la ganadería”, agregó.
Por más de seis años estuvo lejos de casa, pero un día escucho sobre la Ley 1448 de 2011 en las noticias. También llegó a sus manos un periódico que hablaba sobre la Unidad de Restitución de Tierras (URT). Inmediatamente se interesó en conocer el proceso de la entidad: preguntó, estudió y se fue para Bogotá a hacer su solicitud.
La sentencia salió a su favor y con ella llegó la inversión para un proyecto productivo, el acompañamiento por parte de profesionales de la URT territorial Bogotá y otros beneficios que están andando, como la priorización de la vivienda.
Sus hermanos celebran el regreso de Jesús: “fueron años difíciles, de incertidumbre, dolor y hasta soledad. De saber que él estaba lejos, protegiendo la vida de todos con su partida. Lo extrañábamos, él es el hermano mayor y quien ha guiado el trabajo de todos nosotros”, mencionó Miguel Torres.
Miguel comparte la felicidad que los hermanos sienten al poder reencontrarse e iniciar de nuevo. Y aunque sus padres ya no están, recuerda: “este era un lugar de paz, lleno de vegetación. Es como un pulmón, lleno de agua y árboles, hasta que llego la guerra. Lo que sembramos en esta tierra da fruto, pero no podíamos estar en paz mientras Jesús estaba lejos”.
Hoy, como los tres mosqueteros, Jesús, Miguel y Omar trabajan de manera incansable. Son un equipo imparable, dedican las horas al trabajo del campo, alimentan y ordeñan el ganado, cuidan los pastos y celebran que el hermano mayor este de regreso después de años huyendo de la violencia. Reconocen que lo más importante es la familia y que a esos lazos no los rompe nada. El resto de los hermanos se dedica a otras labores, algunos viven en Bogotá.
Para Jesús Torres, volver a su predio es una segunda oportunidad que le da vida: “a veces pensaba que la distancia de mis predios, de mi familia y de todo lo que con tanto esfuerzo construí era un retroceso. Sin embargo, hoy siento que fue una circunstancia que me lleno de fuerza, que me recordó el verdadero valor llamado familia y en especial un compromiso inquebrantable por aportar a la sostenibilidad del medio ambiente, de la naturaleza, del agua y de la tierra, que es la mayor despensa del hombre”.
En los predios restituidos de Jesús Torres, el proyecto productivo es ganadería de levante y ceba con enfoque sostenible, representada en las siguientes acciones: rotación de potreros; estrategias de manejo sostenible del recurso hídrico, con el fin de proteger los nacimientos de agua; conservación, siembra y resiembra de árboles. En sus predios se implementa un sistema silvopastoril, incorporando árboles en los potreros, lo que garantizar no solo sombra para los animales, sino la recuperación de los suelos a partir del ciclaje de nutrientes, reincorporación de materia orgánica y cobertura vegetal permanente en los potreros. Además, permite conectividad entre el agroecosistema ganadero y los ecosistemas de montaña que colindan con el predio.
La URT restituye tierras y territorios para armonizar la vida y la naturaleza, y durante el 2024, la Dirección Territorial Bogotá le está apostado a proyectos productivos sostenibles ambientalmente. Este año la inversión en proyectos productivos en Cundinamarca, beneficio de las sentencias ordenadas por jueces y magistrados, ascendió a los $800 millones de pesos.
Unidad de Restitución de Tierras – Dirección Territorial Bogotá
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